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Cualquier época del año es estupenda para reservar un hotel con encanto en el centro de Sevilla y descubrir así la magia y la belleza de la ciudad. Sin embargo, en primavera, la capital andaluza es cuando luce más esplendorosamente y cuando sus calles y plazas se impregnan del olor más típico: el azahar.

Casas de la Juderia de Sevilla

Por eso, pasear durante la primavera por los rincones de Sevilla es dejarse envolver por un aroma, el que desprenden las flores blancas del naranjo amargo, que se asocia a la felicidad. Y podría ser verdad esa relación, ya que la ciudad en primavera sube el ánimo de vecinos y visitantes, incita a salir a la calle, a disfrutar del buen tiempo, a tomar una caña fresquita en cualquier terraza.

Al alojarse en un hotel restaurante en Sevilla se descubren una serie de curiosidades muy interesantes de la relación entre esta población y su citado aroma de azahar:

En la urbe existen más de 25.000 naranjos amargos distribuidos por todo el conjunto de la misma.
Los árabes fueron quienes extendieron en toda España y, por tanto, en Sevilla la plantación de estos árboles, de origen asiático y que comenzaron a llegar a Europa en el siglo X.
Con su fruto, se elaboran todo tipo de productos cosméticos, perfumes, licores, vino y mermelada. Por ello, anualmente desde el Ayuntamiento de la ciudad se adjudica a determinadas entidades o particulares las naranjas amargas para que puedan preparar dichos manjares para el disfrute de los más exquisitos paladares.
El dulzón y potente aroma de la flor de los naranjos es el que se ha convertido en símbolo de la ciudad. Así lo demuestran canciones tales como “Sevilla tiene un color especial” donde se dice: “Sevilla sigue teniendo su duende, me sigue oliendo a azahar, me gusta estar con su gente…”.

Entre los rincones de la ciudad donde más protagonismo tienen los citados árboles se encuentra el conjunto de los jardines del Real Alcázar.